Una visita inesperada.
Mi vecina, la dueña del gato que me comí y esposa de mi vecino micólogo aficionado, ha llamado a mi puerta. No lo esperaba y mi cara lo reflejó a la perfección. Ella tampoco esperó a que le franqueara el paso, se adueñó de la situación y se coló en mi casa como si lo hiciera todos los días. Traía la caja de cervezas que había depositado en su puerta: -Toma, mi marido no las ha probado, pero yo me he tomado una cada noche-. Otra vez mi cara gritando que estaba alelado. No solo porque esta vecina no tenía ningún parecido con la mojigata que guardaba en mi recuerdo. No, si solo fuera eso... pero irradiaba un magnetismo que casi se podía oler. Era evidente que estaba sorprendido. Su marido tenía que haber sido el objeto de mi estudio sobre los efectos de la dichosa cerveza sobre un ser humano, ya que de mi experiencia poco había sacado hasta el momento. Esta vez quería ser testigo de cómo afectaba a otra persona. Mi vecino era el sujeto perfecto. Su mujer no entraba en mis planes, pero parece que soy yo quien está entrando en los suyos. No deja de mirarme y ese olor...ese olor...
sábado, 26 de septiembre de 2009
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