jueves, 3 de septiembre de 2009
JUEVES (3 de septiembre)
Hoy por la tarde he mantenido una conversación con el vecino. Una conversación en la que amablemente intercambiábamos descripciones de como nos percibíamos el uno al otro desde nuestro lado de la valla. Él me llamaba "enigma de otro mundo", "cosa extraña", "el octavo pasajero de la película Alien" (esto me lo llamó en un momento en el que le confesé que me había comido a su gato, eso sí, convenientemente aliñado, y que hiciera el favor de comunicárselo a su mujer para que no perdiera tiempo en una búsqueda infructuosa). Montó en cólera -lo de antes estaba siendo un pequeño intercambio de opiniones- y a su vez me confesó que había sido el culpable de que durante 6 meses seguidos me hubieran estado visitando toda clase de proselitistas intentando ganarme para su fe, y que se había estado meando en el macetón del limonero que tengo instalado al lado de la entrada. Lo de los "Adventistas del 7º día" y demás religiones o sectas me molestó algo, pero lo del limonero me llegó al alma. Un limonero es sagrado para mí. En ese momento perdí los estribos y le lancé insultos de gran calibre, rotundos y resonantes. Le llamé "Cabronazo", "Hijo de Perra", "Hiena Rabiosa" y otra vez "Cabronazo", momento en el que la aliteración de la consonante "R" con su reverberante resonancia, creó ondas redundantes en el interior de mi craneo. Se me onduló la visión, el oído se bloqueó, perdí el sentido del equilibrio y el cerebro cambió de estado físico. De sólido a líquido y luego otra vez a sólido en una alternancia que poseía cierto ritmillo... Caí redondo al suelo muerto por el poder de la palabra. Esto les hubiera encantado a alguno de los que vinieron a intentar convencerme de la existencia de su dios. Mi vecino debió de pensar que me había cansado de nuestra charla y yo creo que hoy no cenaré.
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